St Joseph and St Mary Parishes in Freeport, IL

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Domingo de Ramos ciclo B 2018

Entra montado en un pollino y el pueblo llano le aclama como Mesías y alfombra el suelo con sus mantos y con ramas cortadas en el campo. La escena la conocemos bien los cristianos y seguramente muchos de nosotros hemos participado ya en muchas procesiones, este Domingo de Ramos, llevando nuestro ramo de olivo o de palmera en la mano. Es bueno que reflexiones ahora nosotros sobre la actitud del pueblo llano. ¿Qué veían en Jesús de Nazaret las personas que lo aclamaban? Seguramente, a un profeta que venía a liberarles. Liberarles, ¿de qué? Pues de lo que les tenía atados y esclavizados: de la enfermedad, del hambre, del pecado, de la opresión de los gobernantes, tanto judíos como romanos. Y, ¿cómo iba a liberarles? Entraba sin ejército, sin armas, en actitud pacífica y conciliadora. Les iba a liberar, sin duda, con el poder de Dios; iba a ser Dios mismo el que, de forma milagrosa, los liberara, a través de este profeta. Por eso aclamaban, entusiasmados: “bendito el que viene en nombre del Señor”. Continue reading


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Domingo IV de Cuaresma ciclo B 2018

Dios es amor y salva por amor. Dios padre envió a su Hijo al mundo para salvar al mundo, no para condenarlo, porque es un Dios amor. Creer en Cristo supone creer en un Dios amor, en un Dios que quiere salvar, no condenar. Naturalmente, esto no quiere decir que todos estemos salvados, independientemente de las obras que hagamos. Para que Dios pueda salvarnos, nosotros debemos creer en el Dios amor y, guiados por la luz de este Dios amor, hacer obras de amor. Es el mismo Cristo el que nos dice que, si detestamos la luz y nuestras obras son malas, Dios no podrá salvarnos, porque serán nuestras malas obras las que nos condenen. Creer en Cristo es dejarse guiar por su luz, es decir tratar de vivir como él vivió, haciendo obras buenas, obras de amor. La vida de un cristiano será verdaderamente cristiana si hace obras buenas, obras de amor. Donde no hay amor no hay cristianismo y donde hay auténtico amor hay auténtico cristianismo. Creer en Cristo no es una simple afirmación teórica, es un compromiso de vida, un propósito continuo de vivir dirigidos por la luz de Cristo, de vivir en el amor de Cristo, practicando obras de amor. Y ya sabemos que el amor de Cristo se verifica en el amor al prójimo, porque si decimos que amamos a Dios, pero no amamos al prójimo, somos unos mentirosos. Continue reading


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Domingo III de Cuaresma ciclo B 2018

Nosotros los cristianos, cuando nos reunimos para celebrar nuestras eucaristías, no debemos olvidar que el único que nos congrega es Jesús, que nos reunimos en torno a su cuerpo. Jesús fue el verdadero cuerpo de Dios y los cristianos, por nuestra comunión con Cristo, somos verdaderos cuerpos de Dios. San Agustín, que conocía muy la doctrina del Cuerpo místico de Cristo, decía a los cristianos de Hipona que, cuando el sacerdote les daba el cuerpo de Cristo y ellos respondían <amén> debían ser conscientes de que realmente recibían lo que eran: “recibís lo que sois: el cuerpo de Cristo”. Esa es nuestra mayor responsabilidad como cristianos: vivir conscientes de que somos cuerpos de Cristo, templos de Dios, y saber ver a las personas como templos de Dios, con todo el respeto y amor que esto conlleva. En un sentido más amplio, podemos incluso decir que todo el universo es cuerpo de Dios, como dice el himno litúrgico: “encarnación es todo el universo”. Continue reading


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Domingo II de Cuaresma ciclo B 2018

La primera lectura nos presenta el sacrificio de Isaac. Dios no puede pedir, ni en broma, el sacrificio del hijo único y de ningún hijo. Dios tiene un gran humor, pero esto sería humor negro. Las horas que pasarían Abraham y Sara serían realmente mortales. Eso no lo puede pedir ni Dios. Ni necesita pruebas de este tipo… Pero la historia que cuenta el Génesis es no sólo hermosa, sino profunda y paradigmática. Se inspira en la costumbre de ciertas religiones primitivas. Abraham pudo llegar a sentir esa exigencia. El patriarca, camino del monte, es un modelo de obediencia y de fe. Abraham con el cuchillo alzado es un campeón de la fe. Aquí se ganó de verdad esa paternidad millonaria de todos los creyentes. Si hubiese retenido al hijo, su semilla hubiera terminado agotándose. Al desprenderse de él, se lo devuelven con una bendición que traspasa los siglos, con una promesa de infinitud. “Retener es inferior modo de posesión a esperar”, dice el sacerdote en el Misal de la Comunidad. La fe de Abraham es ésta: a Dios no se le discute ni regatea nada. Es verdad que le pide todo su amor y su esperanza; pero este hijo es más de Dios que suyo; y si Dios le ha dado un hijo en su vejez, puede seguir multiplicando su semilla. Continue reading


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I Sunday of Lent year B 2018

El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Es éste un lugar ambivalente: prueba y purificación, tentación y encuentro con Dios y con uno mismo. La estancia de Jesús en el desierto tal como la relata Marcos tuvo su lado tenebroso, Satanás y las alimañas, pero también su gloria y su luz, pues “los ángeles le servían”. En el desierto pudo Jesús vivir su iluminación particular sobre la meta y los medios para anunciar el Reinado de Dios. Jesús, triunfa y la causa de Dios se impone sobre lo meramente humano. El evangelio de Marcos propugna un cristianismo más radical, más conforme con los orígenes, se centra en la esencia del evangelio, como dice el Papa Francisco. Es un evangelio exigente: quiere acabar con las disculpas de que “es lo que siempre se ha hecho”, “lo que todos hacen”, “mañana lo haré”… Necesitamos pasar por la situación de desierto para reforzar nuestra experiencia de Dios. Jesús salió también reforzado en el desierto. Continue reading


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Domingo VI tiempo ordinario ciclo B 2018

Marcos nos muestra de nuevo a Jesús haciendo realidad la Buena Noticia. Enseñaba con autoridad, expulsaba demonios y curaba en sábado. El hombre está por encima del sábado. El amor está por encima de la ley. Hoy vemos cómo cura a un leproso. Era una desgracia en aquel tiempo contraer la enfermedad de la lepra, no sólo por el sufrimiento físico, sino sobre todo por la marginación social y religiosa a la que estaban sometidos los leprosos. Se les consideraba como personas “apestadas”, eran separados de la comunidad y del culto y tenían que vivir alejados de todos, como “excomulgados”. La lepra, decían, era consecuencia de su pecado, el castigo por su mala conducta, tenían que tocar una campanilla y gritar cuando pasaban por un camino: ¡Impuro, impuro! Quizá lo hacían para evitar el contagio, pero no cabe duda de que la actitud ante ellos era sumamente humillante y vejatoria.

Jesús ve lo que está sufriendo el leproso a causa de la enfermedad y de su discriminación social y religiosa. Se acerca al leproso y le toca con su mano. Dos actitudes, dos verbos entre los muchos que emplea Marcos en su evangelio: acercarse y tocar. Un ejemplo para nosotros y una llamada de atención: tenemos que acercarnos al necesitado, acogerle con cariño y estar dispuestos a tenderle nuestra mano. Las manos sirven a veces para golpear, para rechazar, para desplazar al otro. Jesús emplea su mano para perdonar, para acoger, para ayudar, para apoyar al que se tambalea, para guiar al que no encuentra el camino. Jesús ha unido el mandamiento del amor a Dios con el de amor al prójimo. Amar, según es “ocuparse del otro y preocuparse por el otro”. Se trata de un amor oblativo, que se entrega al otro, es decir del amor entendido como “agapé”, auto donación gratuita y generosa al hermano. Dios nos ama personalmente y apasionadamente. Lo ha demostrado en Jesús de Nazaret y lo podemos comprobar en la curación del leproso. Su amor está por encima de la justicia humana. Frente a la legislación rigurosa y discriminatoria que excluía a los leprosos, Jesús actúa con misericordia — poniendo el corazón en la miseria–. El cura y, sobre todo, pone sus ojos de amor en aquel hombre. Hemos de aprender a mirar no con nuestros ojos, sino desde los ojos y sentimientos de Jesús, que se fija en el necesitado y sale a su encuentro. Sólo pide fe, la confianza del leproso, que le dice: “Si quieres, puedes curarme”. Y Jesús….le devolvió la salud y la dignidad. Por José María Martín OSA. Betania. Es.

P. Diego Ospina


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Domingo V del tiempo ordinario ciclo B 2018

Jesús vino a enseñarnos, a decirnos, que el reino de Dios estaba cerca y que, si queríamos entrar en él, debíamos previamente convertirnos. Jesús, todos los días de su vida pública, predicaba y enseñaba: “vámonos a las aldeas cercanas para predicar allí, que para eso he venido”. Jesús era todo él palabra, voz de Dios, que enseñaba y predicaba el reino de Dios. Pero, además de hablar y predicar, Jesús curaba. Allí mismo, en la Sinagoga, había curado a un hombre poseído de un espíritu inmundo y, en cuanto sale de la Sinagoga, en la casa de Pedro, cura “a la suegra de Simón que estaba en la cama con fiebre”. No se puede dudar que una de las causas primeras por las que la gente busca a Jesús es para que cure a sus enfermos; la gente sencilla veía a Jesús como a un poderoso taumaturgo, capaz de curar y expulsar demonios. En los evangelios, esto aparece de una forma evidente. Y, además de enseñar y curar, Jesús rezaba: “se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a rezar”. El día a día de Jesús era eso: enseñar, curar, rezar. Esta es también la tarea que debemos apuntar nosotros, cada día, en nuestra agenda: predicar con amor y valentía el reino de Dios; curar a las personas que, por los motivos que sea, se encuentran por sí mismas incapaces de descubrir este reino; rezar con toda nuestra alma para que Jesús nos muestre el camino que nos conduce al Reino de su Padre y nos ayude a todos a entrar en él. Continue reading