St Joseph and St Mary Parishes in Freeport, IL

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Domingo XX tiempo ordinario ciclo A 2017

Una vez más, para entender en su intención más profunda este texto evangélico, según San Mateo, debemos conocer el contexto del texto. Jesús acaba de tener una dura discusión con los escribas y fariseos “que habían venido de Jerusalén, diciendo: ¿Por qué tus discípulos traspasan la tradición de los ancianos, pues no se lavan las manos cuando comen?” Jesús les responde que son ellos los han anulado la Palabra de Dios en nombre de sus tradiciones. Para terminar diciendo a sus discípulos: “Dejadlos, son guías ciegos”. Después de esto viene el episodio de la mujer cananea. El relato evangélico está construido con mucha intención teológica. Ante la súplica de la mujer cananea, no judía, Jesús se hace el duro ante sus discípulos: “sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel… No está bien echar a los perros el pan de los hijos”. Es lo que hubiera respondido el más ortodoxo de los fariseos. Pero la mujer no judía no se arredra, porque sabe muy bien que ante un profeta de Dios las tradiciones judías no tienen nunca la última palabra. “Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. Jesús ha conseguido lo que quería: dejar claro a sus discípulos que la fe debe romper las barreras étnicas y religiosas que habían impuesto los escribas y fariseos. “Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”. Seguro que los discípulos quedaron admirados y contentos, porque su Maestro había curado a la mujer por la que ellos habían intercedido. También nosotros, discípulos y seguidores de Jesús, estamos contentos y le estamos agradecidos porque, con su acción, Jesús nos demostró que la fe no es patrimonio exclusivo de ningún pueblo, ni de ninguna religión; la fe es patrimonio de la humanidad.

El tercer Isaías es ya un profeta del pos exilio y sabe que la voluntad de Yahveh es hacer de todos los pueblos y naciones un solo pueblo, un pueblo de su propiedad. Ni por el hecho de ser extranjeros están apartados de Dios, ni por el simple hecho de ser judíos son bendecidos por Dios. Dios bendice a quienes guardan el derecho y practican la justicia. Ante Dios nadie es extranjero, igualmente que nadie es de Dios por el simple hecho de ser judío. Los que se conviertan al Señor deben guardar su alianza, así podrán alegrarse “en mi casa de oración”. Eso debe ser también para nosotros el templo, nuestros templos, casas de oración donde podemos alegrarnos “hablando con Dios como quien habla con un amigo”.

La teología de San Pablo repite esta idea muchas veces: todos éramos pecadores y Cristo vino a pagar nuestro rescate, el rescate de todos, judíos y gentiles. Todos formamos en Cristo un solo cuerpo, del que debemos sentirnos todos miembros responsables. Si un miembro sufre, es todo el cuerpo el que sufre. Todos somos responsables y corresponsables los unos de los otros. Un cristiano debe sentirse hermano de todos, sin distinción de razas, ni lenguas, hombre o mujer, esclavo o libre. Porque todos somos hijos de un mismo Dios, todos somos hermanos en Cristo y por Cristo. Por Gabriel González del Estal. Betania. Es
              P. Diego Ospina